No me leas con el gesto torcido, por favor. Comprendo que te hagas esas tres preguntas, confieso que yo me hago otras muchas más, para las que no tengo respuesta. Me temo que estas no deberían quedar huérfanas, sin respuesta. Ya que te hago invertir una parte de tu tiempo, una mínima parte de tu vida en leer lo que, de no hacerlo, tampoco te importaría nada. Lo menos que puedo hacer es explicarme, así será más fácil que ejerzas tu soberano derecho a pasar a otra cosa.
Empiezo sin trampas y avisándote de que no escribo para ti. Lo siento, o no tanto. Escribo para mí, o tampoco. Dejémoslo en que simplemente escribo. Eso sí, no me pidas, no esperes, ni aciertos, ni certezas, ni soluciones en nada de lo que escriba, ni que sostenga la misma opinión sobre todo y siempre. Mis opiniones podrán cambiar, pero mis principios y valores no, ese es mi pequeño compromiso. Tengo pocos principios, pero firmes, sobre los que me sostengo, por lo que me resultará fácil respetarlos. En opiniones tengo más matices, disfruto buscando los diferentes ángulos. Tampoco me propongo ser siempre coherente. Reivindico, copiando a Unamuno (copiaré a muchos más) mi santo derecho a contradecirme. Entiéndeme bien por favor, la única razón es que no siempre alcanzo las mismas conclusiones sobre un tema. Aunque, lo admito, también disfruto con unas gotas de polémica.
Abro este cuaderno con la finalidad de poder expresarme en libertad, de limpiar mi cabeza de tantos pensamientos que van y vienen y que me cargan, me desgastan y no consigo ordenar. Pensamientos, ideas, reflexiones que no me siento libre, ni confiado para expresar públicamente (¿acaso esto no es público?). Me cansa tener que defender mis ideas frente a quiénes simplemente las rebaten sin ni siquiera escucharlas o darles unos minutos de vida en su cabeza. Dirás que es soberbia, igual sí; pero me gusta creer que no es así, que ese tiempo de escucha y reflexión es lo menos que se puede esperar en una conversación, en un intercambio de ideas.
Más preguntas, más respuestas: ¿aFERismos? Fer soy yo o, mejor, era yo. Un nombre que me perteneció hasta que la vida lo traspasó a mejores manos y me dejó a mi otro más, digamos, funcional. Ajustado a mis responsabilidades y el rol felizmente asumido. Me divierte el viaje del aforismo al a-FER-ismo. Eso es lo que voy a intentar. Compartir con la extensión que mi creatividad me permita y evitando alargarme innecesariamente lo que pase por mi cacumen.
Pensar y escribir sobre lo que me viene a la cabeza, al corazón o a los dos, con libertad. A veces un desahogo, un grito otras, ideas al vuelo las más. Un intento de conocer quién soy, quiénes son los demás y en qué mundo vivo, siempre. Esta es el motivo del subtítulo o eslogan de este blog. Otro jueguecito de palabras que me he permitido: co/razón. El corazón y la razón juntos, serán la tinta de mi pluma. “La lengua en corazón tengo bañada”, decían los preciosos versos de Miguel Hernández que tanto me emocionaron en mi juventud y de los que ahora me apropio para decir que “la pluma en corazón tengo bañada”. La tinta, el corazón me guiarán en el camino a lo inasible, lo imposible de probar o razonar, pero que existe, nos mueve y mueve el mundo alrededor. La pluma y la mano que la sostiene, tendrán el tiempo y la pausa suficientes para pensar, reflexionar y proponer puntos de vista, observaciones, dudas y conclusiones cuando sea posible. No renuncio a nada que sea emocional, sentimental, espiritual, irracional o como cada uno quiera identificar a lo que parte del corazón y discurre por la sangre. Pero tampoco renuncio, ni un milímetro, a lo que viene de la razón, de la inteligencia. Me gusta el equilibrio entre ambas facetas. Especialmente en este tiempo de sobredosis de espiritualidad sin sentido, farsante y, me atrevo, sin razón. En este tiempo de tecnología, datos y mediciones sin medida, sin alma. Nada hay más natural, más pegado a la naturaleza, al planeta, a la humanidad que el uso de la inteligencia para sobrevivir, prosperar y entender el mundo. Y tampoco hay nada más natural que el corazón para disfrutar la vida, para compartirla, para hacerla merecedora de ser vivida. Para ser felices que, al fin y al cabo, es de lo que se trata (esto lo repetiré mucho, ya lo adelanto, creo en ello).
Nadie, pocos me leerán y a quién lo haga solo le pido que no me lo tenga muy en cuenta. Y, ya, sin más demora, empiezo este viaje a Ítaca (otra cita), sin preocuparme por el destino, ya conoces el poema. Tengo ilusión, ganas, voy ligero de equipaje (sigo citando). Gracias por acompañarme hasta donde tú decidas.
Buen camino.
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