Sentirse Especial

Llevo ya tiempo observando cómo nos relacionamos, cómo nos tratamos unos a otros en estos tiempos de supremacía de las emociones, de misticismo y espiritualidad a raudales, y otras  tendencias que algunos no sabemos realmente qué son.

Mis observaciones no están respaldadas por ningún estudio científico, ni he investigado si existe alguno. Son mías y solo mías. Además, debo admitir que hoy escribo más desde el lado del corazón que desde la razón.  Y lo que concluyo es que ya no reservamos la expresión especial de los sentimientos más íntimos para aquellos que consideramos más señalados. ¿Se me entiende? Me explico. Me estoy refiriendo a la forma en que verbalizamos y también al lenguaje no verbal con que acompañamos saludos y despedidas. A cualquier persona, a todas ellas, las despedimos con un “te quiero” o  “te quiero mucho”. Con el siguiente cualquiera nos damos un beso en los labios, para darnos la bienvenida o despedirnos. Con un tercer cualquiera, prolongamos el abrazo morosamente y lo acompasamos con caricias, arriba y abajo, en la espalda, y bamboleos de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, en número más o menos limitado, embarazoso recuerdo de plantígrados de dibujos animados. Esto no es cosa de jóvenes, es algo intergeneracional, si bien tengo la sensación de que nace con los más jóvenes y es imitado por los mayores (siempre tan atentos a imitar a los jóvenes). Lo cual no es crítica ni a unos, ni a otros.

Lo que llama mi atención de tan preciadas muestras de afecto es que no hay que atesorar requisitos singulares para ser merecedor de un trato tan distinguido. Basta con haber compartido una barbacoa o una excursión al campo, en el mejor de los casos, o simplemente trabajar en la misma oficina o formar parte del mismo grupo de lo que sea durante un par de horitas.  

Y yo me pregunto, qué dejamos para nuestra persona especial (una o varias). Esa con la que compartimos la vida, la persona a quién queremos más profundamente, la elegida para nuestros llantos y sonrisas, para las confidencias y las aventuras locas. No tiene que ser la misma siempre, de hecho normalmente no lo es. El mismo “te quiero”, el mismo pico en los labios y el mismo abrazo, y a veces ni siquiera por que ya te ves y te despides todos los días. Nada te diferencia, cualquier observador neutral no distinguiría el amante del amigo, el amigo del compañero de trabajo, el compañero del conocido y, en ocasiones, el conocido del desconocido. Me hace sentir tristeza que esas dos palabras o ese beso se hayan devaluado hasta el punto de que ya no reconocen que hay un espacio reservado en nuestro corazón y nuestra vida para los agraciados.

Puedo imaginar esos primeros amores en los que decir o que te digan “te quiero” ya no hace encogerse el estómago y agrandarse la sonrisa, palpitar el corazón e ir por la vida a saltitos, porque ya lo hemos dicho y nos lo han dicho tantas veces y tanta gente. Recuerdo que en esos años felices, de emociones fluyendo por piel y sangre, era algo que me costaba mucho dejar salir de mi boca, tenía que estar muy seguro de mis sentimientos para decirlo (si es que alguna vez lo dije). Era como si solo con rendirnos a esa evidencia y dejar que el ser querido ocupe un espacio en nosotros se creara ya un cierto vínculo, un hilo invisible, un paso adelante. Creo que en esto tampoco era yo muy exclusivo, lo reconocía en los de mi generación. De hecho, aún me produce rubor y lo atesoro para mis elegidos, para las personas a quienes realmente quiero en toda la intensidad y plenitud que para mí tiene la expresión del amor. Y qué decir de un beso en los labios, por liviano que fuera. Solo el contacto de los labios, acariciarlos fugazmente con la boca, era ver salir el sol cada mañana. Nada se podía igualar. Cada día empezaba con el deseo de repetir y la felicidad de que esos besos ya quedaban reservados, tendrían un destinatario especial y ese éramos nosotros. Aquí sí puedo ser concluyente, solo con una y la misma persona mis labios se han unido en los últimos treinta años de mi vida.

Ahora las cosas son diferentes, o al menos me lo parecen. “Te quiero” ya ha sido dicho, ya ha sido escuchado, una y mil veces, por lo que no despierta ninguna emoción nueva. No se me ocurre con qué se ha sustituido, qué se dice ahora para generar esa intensa sensación de sentirse uno entre millones, de sentirse especial y no para cualquiera sino para la persona que es especial para nosotros.

Antes eran la sangre o el corazón los que hacían que nuestros labios pronunciarán esas palabras tan poco racionales y tan llenas de sentido al mismo tiempo, o que buscarán, titubeando, esos otros labios, esquivos tantas veces. O que, temblorosos, temerosos me atrevo a decir, nos hacían aproximarnos y retirarnos y volvernos a aproximar para confirmar la autorización a ese abrazo cálido, generoso. En definitiva, eran impulsos los que tomaban esas decisiones por nosotros. Nada mandaba ahí la razón. Cuando al final el beso, el abrazo o la promesa de amor emergen no somos capaces de recordar qué hicimos para tocar el cielo. Ignoro cómo se viven esas sensaciones en los amores de juventud o en los nuevos enamoramientos porque mi tiempo es otro. Y en este tiempo mío ver esa vulgarización me produce tristeza y un profundo cansancio. Asistir al generoso reparto de aquello que, como un tesoro, creía guardado para los elegidos especiales me hace pensar que ya no hay nada que diferencie a la persona amada, al amigo paciente y leal, al confidente generoso, del resto de personas que discurren por nuestra vida. Nos convierte en uno entre toda la humanidad.

Habitualmente se justifica la situación argumentando que no pasa nada, que no significa nada, que no tiene importancia  …, nada, nada, nada, nada. Pues casi peor. Vaciamos de significado gestos, expresiones de amor y cariño que están llenas de él solo por esa tendencia que tenemos a inflar cualquier emoción, porque todo nos resulta insuficiente. Nos inspira más la cantidad que la calidad, también en los sentimientos.

Me gustaría recuperar ese espacio que reservábamos en nuestros corazones para aquellos a quienes les abríamos sus puertas, con la esperanza, la alegría y la ilusión de que se afincaran ahí y nunca lo abandonaran. Que al mirar a los ojos y susurrar el amor que sentimos, pongamos todo lo que somos en esas dos palabras. Que un beso, el rozar de los labios, espabile nuestra sangre y el latido se acelere. Que fundirse en un abrazo generoso, detenido, nos llene de calidez, nos abandone, nos aísle del mundo, nos haga sentir protegidos por quien nos envuelve en sus brazos. Me gustaría, en fin, que las emociones, los sentimientos renazcan cada día con nueva intensidad, pureza y listos para hacernos sentir especiales. Es agradable sentirse especial.

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